Cuando sea grande quiero ser escribidora

5.- Un día de recuerdos

Agosto 16, 2008 · Dejar un comentario

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Ya es fin de semana y siento que los días pasados han sido una eternidad, al menos ya restan diez días para que pueda dejar estas muletas. Chichi ha venido a visitarme, nunca he comprendido como administra su tiempo, siempre puede para todo, nunca dice que no a lo que le pidas y la que no también. Tiene mucho optimismo y energía, a veces quisiera que Chichi me hiciera una transfusión de sus ideas, de su vida, de sus neuronas… si es que estos días no he hecho más que estar tirada en la cama viendo la tele. No he tenido buen ánimo para hacer otra cosa. Chichi me dijo que vendría por mi y me llevará a tomar sol, no quiere que al terminar mi reposo, quede contagiada de estos días de pereza. Me invitaó a ser mujer voluntaria en ese lugar donde lleva muchos años trabajando. Chichi ha sido la primera persona con quien me tropecé cuando llegué a esta ciudad.

Todavía lo recuerdo, ese primer día… no había dormido bien la noche anterior, la verdad es que llevaba muchas noches de insomnio, faltaban solo 11 días para anunciar la fecha de mi boda, algunos preparativos ya estaban listos y Andrés decidió que no, había conocido a Lucrecia, la mujer que decía amar. Entonces, me cambió una boda soñada por muchos días de llantos.

Después de llorar por más de dos meses su decisión, al fin tomé una determinación, no quise cargar con muchos recuerdos, así que en una mochila metí mi cepillo de dientes, mis documentos de identidad y mis tarjetas de créditos, lavé mi cara en cada lágrima derramada, maquillé mis mejillas con los restos del rimel que quedaba en mis pestañas y me largué a un viaje sin destino. Mis ojos no podían ocultar el trasnocho, mi cabello lucía despeinado, era evidente que necesitaba dormir. La gente me miraba y yo fingía que no me daba cuenta. Durante horas me senté en un banco del anden, ya no me quedaban lágrimas, me había obligado a escuchar una y otra vez las últimas palabras de quien fuera mi prometido – Lo siento, sé que conseguirás a alguien que te merezca más que yo -, ya me había hecho todas las preguntas y ya me había dado todas las posibles respuestas. No quedaba nada, solo apostar a la buena suerte. Tuve ganas de regresar, por un momento pensé que tal vez no había hecho lo suficiente por mi relación, estuve dispuesta a suplicar. Tomé mi bolso y lo acomodé en mi hombro, me levanté del banco y caminé hasta la salida. Con tanta prisa no alcancé a detener la puerta que venía hacía mi y de un golpe caí al piso.

- ¡Disculpe señorita! ¿Se encuentra bien? ¿Le puedo ayudar? – Era un señor de unos 50 años quizás, iba de traje y su apariencia era muy elegante, me tendió su mano para ayudarme a levantar – ¿Está usted bien? – Eran muchas preguntas en tan corto tiempo. Me levanté del suelo y le di las gracias.

- Ya estoy bien, no se preocupe ha sido culpa mía.

- ¡Tenga! – Aquel señor tan elegante me estaba ofreciendo dinero, pensó que era una chica de la calle. Más que ofendida, lo que sentí fue vergüenza, hasta ese momento no había sido consciente de mis fachas. Llevaba días sin preocuparme de mi aspecto personal, cada mancha de mi blusa ilustraba  perfectamente cada noche de llanto e insomnio, unas eran más grandes que otras y al final, entre mocos y lágrimas dejaban en evidencia ese aspecto andrajoso que conmovió al caballero que seguía con su mano extendida hacia mi. No tuve palabras para él, miré alrededor y esta vez si que no pude fingir, todos me miraban.

- Le dije que estoy bien, que no se preocupe -, recogí mi mochila que había caído unos pasos lejos de mí y de inmediato me dirigí hasta los sanitarios. Al mirarme en el espejo, entendí la actitud de aquel buen hombre. Abrí la llave y hundí mi rostro entre mis manos para lavarlo, humedecí mi cabello y tejí una trenza. Quité mi blusa y me quedé en franelilla, igual me sentía una mendiga pero, había logrado mejorar un poco mi aspecto. No tenía claro a donde quería ir, lo que si sabía, era que no quería regresar. Fui hasta las taquillas y compré mi boleto.

- No señorita, no quedan boletos para ese destino, solo quedan para donde le termino de mencionar ¿Le sirve?

- Si, me sirve.

Chichi abordó el tren unas horas más tarde. Yo nunca supe cuando fue que entró al vagón, escogí un viaje terrestre, necesitaba ganar tiempo para dormir y luego pensar que era lo que haría al llegar. Al abrir los ojos, lo primero que vi fue a Chichi, me sonrió. Lo menos que quería en ese momento era coquetear, no tenía el ánimo ni era el mejor momento. Siendo nada discreta, busqué entre mis bolsillos ese último recuerdo del que aún no he querido deshacerme, saqué un anillo de compromiso, el que unos meses antes Andrés me había regalado para dar demostración de su amor por mi. Mientras iba colocando el anillo en mi dedo, miré  a Chichi para advertirle en un  gesto que no me interesaba flirtear con él. Chichi ni siquiera miró mis manos.

- ¿Ha tenido malas noticias? – Si que las había tenido, pero no era a eso que se refería con su pregunta, me explicó luego – se nota que ha tenido mala noche ¿Ha tenido que viajar por alguna emergencia? - Chichi es una persona muy social y quieras o no, siempre consigue que te relajes, le he dicho muchas veces que debería trabajar en un circo, tiene la facilidad de hacerte reír.

- No, la verdad es que no conozco a nadie a donde voy.

- Pues, si necesitas algo, puedes pedirme ayuda, es lo que mejor sé hacer – Chichi tampoco es de esta ciudad, pero lleva muchos años aquí. Tiene su historia que nunca me ha contado, solo sé que hace 8 años se vino buscando otro estilo de vida y desde hace 5 trabaja como voluntario en un centro donde tratan a chicos con problemas de adicción, allí vive. De resto, cuando no está ahí, se pasa los días regalando sonrisas a la gente. Hablamos de muchas cosas durante el viaje y luego nos faltó tiempo para contarnos más.

- Bueno, ya hemos llegado, el viaje se ha hecho más corto, ha sido un placer viajar a tu lado, mi nombre es Aschinne, pero de niño me llaman Chichi, si gustas puedes hacerlo tu también, y…. ¿A donde irás esta noche?

- No lo sé, es la primera vez que estoy acá… ya buscaré un hotel donde quedarme – Chichi se ofreció a buscarme uno y hasta me acompañó a hacerlo, desde ese día, ha estado en todos mis momentos importantes desde que decidí cambiar de cuidad.

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4.- El forastero

Agosto 13, 2008 · Dejar un comentario

Mi pronostico parece que ha sido acertado, ya ha pasado una semana y mis días han sido increíblemente aburridos. Lucrecia no me hace tanta compañía como dijo Chichi, ya descubrió por donde puede escaparse al jardín y ahora, además de dormir y rasguñar mis cojines, aprendió a cazar lagartijas. Al menos ya no muestra apetito por mi colección de revistas. Estaba pensando que es mejor que se quede en el jardín, tal vez la entrene como gata guardiana y quien sabe si hasta como gata de rescate.

Creo que las medicinas me producen mucho sueño, intenté levantarme temprano a ver si pillaba al vecino de salida a su trabajo, pero se me dieron las 10:30 am en la cama. Es muy probable que por estos días no tenga muchas noticias de mi vecino, bueno, no es que las tenga con frecuencia, pero digamos que extraño mirar su silueta en la ventana. Anoche - después de buscar mi tan preciado vaso con agua - quise acercarme a la ventana de mi cocina con la esperanza de encontrar su reflejo tras el vidrio, pero que va, ni siquiera la luz estaba encendida. Tal vez ha sido que ha tenido que viajar, porque justo estos días que he estado de reposo en casa, no he vuelto a verlo. Esta noche quise hacer lo mismo y no ha pasado nada.

Desesperanzada, me retiré a mi cama y cuando lo recordé, preferí no haberlo hecho, Lucrecia se había quedado en el jardín y por toda aquella historia de que es gata, no quise dejarla por fuera de casa, que ya tengo bastante con la cazadora de lagartijas para que luego la familia se haga expansiva y la verdad es, que no quisiera pasar el mal rato de ni siquiera saber quien es el padre de la criatura, así que como buena ama – después de todas las piruetas necesarias – bajé a buscar a mi nueva mascota. La llamé mil veces, por su nombre, por el que creí que podía ser su verdadero nombre, por el que en ese momento se me ocurrió y la muy zafia no daba señales de vida, recorrí todo el jardín y mira que me ha costado, pues esto de andar con muletas no es tan fácil. Cuando ya había desistido de seguir buscando a Lucrecia, pude escuchar debajo de mi puerta su chillido débil, no entiendo por donde pudo salirse.

- ¡Vamos chiquita! Las niñas buenas se van temprano a la cama – apenas abrí la puerta, Lucrecia entró despavorida y cruzó el jardín como si hubiera visto un espanto - ¡Niña! Que modales son esos, que ni saludas a tu ama que se preocupa tanto por ti – tendré que contarle a Chichi que esta compañía solo me da preocupaciones. En ese momento, sentí un frío que recorrió desde mi estómago hasta mi cabeza, mi corazón parecía que necesitaba salirse del pecho y no encontró otra salida que mi boca, mis manos estaban heladas y si hubiera tenido un espejo en frente, aseguraría que estaba tan pálida que podía iluminar la cuadra entera – ¿Quien es usted? – Tenía aspecto de forastero, de venir huyendo de algún sitio, sin embargo, su cara mostraba quietud. No había alguna expresión en su rostro que me permitiera adivinar tan siquiera que era lo que quería, tuve que esperar que sus enormes ojos color café regresaran de su letargo y se posaran en mi frente, fue entonces cuando dijo algo – Soy el nuevo centinela del barrio.

Al oír esas palabras, pude asociarlas con su vestimenta, llevaba una chaqueta vieja de color verde muy oscuro con tendencia a gris – o al menos eso percibieron mis ojos – un pantalón marrón bastante gastado, tenía muchas canas y su cabello lucía grasiento, parecía que llevaba semanas sin darse un buen baño. Ni que me dijera que era mi escolta personal, esa sensación no terminaba de desaparecer. Creo que mis ojos estaban un poco fuera de sus órbitas, llegué a sentir que tocaban la sucia chaqueta de aquel hombre.

- No he sabido que este barrio sea peligroso ¿Para que querríamos un centinela?

- Nunca llegamos a conocer de fondo con quienes convivimos – “claro, y dicen que los gatos atacan a sus amos mientras duermen”, pensaba yo mientras aquel hombre me miraba fijo a los ojos sin pestañear, sentí los latidos en mi pecho como un redoblante, el forastero hizo un breve silencio hasta que terminó de decir - le recomiendo que regrese a su casa señorita – no hice esperar su petición y antes de que dijera otra palabra, lancé la puerta y sin despedirme pasé el seguro. En menos tiempo del que me tomó bajar al jardín, regresé a casa. Me aseguré de que todo estuviera totalmente cerrado y me encerré en mi habitación, revisé que Lucrecia no estuviera debajo de la cama, por aquello de que “Nunca llegamos a conocer de fondo con quienes convivimos“. Las palabras del centinela se repetían en mi cabeza. Creo que he podido dormir gracias al efecto de los medicamentos, todavía tengo una sensación extraña al recordar al centinela. Hoy Lucrecia no ha querido salir a cazar lagartijas y ha estado muy quieta en su cesta.

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3.- La llegada de Lucrecia

Agosto 10, 2008 · Dejar un comentario

Ya son tres días de viente que debo permanecer sin apoyar mi pie, si mi jefe supiera que la prisa no era por llegar a tiempo a la reunión, sino para alcanzar a mirar - de una vez por todas – a mi vecino, seguramente no se hubiera hecho cargo de mis medicinas. El aburrimiento me puede. Chichi vino hoy en la mañana, apenas se enteró que me colocaron un yeso y no puedo moverme mucho – ni con tanta facilidad – de un lado a otro, ha venido a traerme un gato para que me haga compañía, claro, le dije que fue por el mío que me  doblé el pie, no me pareció conveniente tener que contarle que esto me  había pasado por estar espiando al misterioso de mi vecino.

No me gustan los gatos y ahora que recuerdo, creo haberle mencionado a mi vecina – la enfermera -, que no soy amiga de los felinos, tal vez por eso dudó un poco cuando le mentí el otro día. Bueno, al menos ya me va creer un poco cuando vea a Lucrecia, así le he llamado a la bola de pelos. Le he dije a Chichi que prefería que fuera macho, así no se reproduce como conejo y no me hace fiestas en las noches con la pandilla de la cuadra. Al final estoy comenzando a creer que Chichi tiene serios problemas de concentración, me ha traído una gata y no me ha quedado de otra que colocarle el nombre de la pervertida que me robó a mi novio. Si, se llama Lucrecia, si es que hasta tiene nombre de actríz porno.

¿Y ahora yo que hago con tantos días sin poder moverme? Y este control está dañado, parece que todo lo que funciona con batería en esta casa, necesita repuesto urgente. Tal vez los días se me pasen más rápido leyendo un libro… es lo malo que tiene vivir lejos de la familia y de los amigos, que aunque todo va mejor así, siempre hacen falta en los momentos complicados, porque Lucrecia no parece que sepa donde es que se pasa de canal  la tele y mucho menos debe saber cual es la medicina que me toca a las 9:00pm. ¡Que va saber esa! Si lo único que ha hecho en todo el día es jugar con mi colección de revistas y rasguñar mis cojines ¡Chichi si que me la puso difícil! No solo me la trajo gata, sino que me ha traído una gata hambrienta. Tendré que darle de comer a la Lucrecia, no sea que le de ahora por comerse mi única salvación para estos días, mis libros.

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2.- La sombra tras la puerta

Agosto 9, 2008 · Dejar un comentario

La otra mañana salí un poco tarde de casa, mi despertador no sonó – tal vez deba comprar unas baterías de mejor calidad -, ya llevaba avanzadas unas cuantas cuadras y de pronto recordé que había dejado los informes que debía llevar esa mañana a la oficina, aunque hubiera deseado que no, me tuve que regresar. Nunca había coincidido con mi vecino a su salida, cuando ya estaba cerca, hice mi mejor esfuerzo por no llegar tan pronto a mi puerta, y así me diera tiempo de verlo. La fachada de la casa de mi vecino deja ver su jardín principal, su auto siempre está ahí estacionado. Esa mañana noté que el motor estaba encendido, creo que mi vecino se alistaba para salir. Apresuré mi paso e intenté sacar las llaves de mi cartera que con tanta prisa no fue fácil dar con ellas. Corrí hasta atravesar todo el jardín de mi casa, subí tan rápido las escaleras que en el intento me torcí el tobillo, la cartera rodó por las escaleras y todo cayó en el suelo, uno de mis tacones también se cayó, saltando en un pie y con el otro tacón en mano, llegué hasta mi habitación y tomé los documentos olvidados sobre la cama.

El dolor era insoportable, sabía que no debía usar los mismo zapatos, con los que me torcí el pie pero si demoraba en buscar otros, tal vez no podría ver a mi vecino cuando saliera de su casa. Me calcé mis tacones, recogí el desastre de cartera y cuando me disponía a cruzar el jardín, de regreso me di cuenta que nunca cerré mi puerta. Alguien estaba parado detrás de ella, podía ver su sombra entre la luz que se cuela por debajo. Intenté caminar más rápido, pero mi pie me dolía tanto que no podía hacerlo, estando a la mitad del jardín, la sombra desapareció y al llegar a mi puerta, ya no había nadie, la calle permanecía en silencio, por unos segundo sentí que tuve el poder de paralizar el tiempo, pues todo estaba como tocado por una barita mágica, el silencio podía llegar a ensordecer. Al mirar la hora, supe que ya no llegaría a tiempo para reunirme con el jefe, en cualquier momento me llamaría para preguntar que me había pasado que no llegué.

Pensé que si igual llegaría tarde, sería un buen momento para espiar a mi vecino, me descalcé los tacones y con mis pies desnudos caminé hasta su puerta, el auto ya no estaba - debí tardar mucho -, no me dio tiempo a mirarlo cuando salió. La puerta de su jardín estaba sobre puesta, las cortinas de las ventanas principales no dejan mirar más allá, todo seguía en silencio, me pareció que podría echar un vistazo alrededor, con mucho cuidado coloqué mi mano sobre la puerta y justo cuando la iba a empujar, mi garganta latía como si ahí tuviera otro corazón, mis manos temblaban y mis pulmones proporcionaban poco oxígeno.

- ¿Que te pasó mujer? - ¡Coño! He dado un salto sobre mis propios pies y el dolor ha sido fatal – ¿Que haces descalza? - Mi vecina que es enfermera, tenía guardia desde la mañana y me ha tocado corneta para saludar.

- ¡La madre que te parió, casi me matas de un infarto mujer!

- ¡Tampoco es tan grave! ¿Que haces a estas horas con los pies descalzos? Parece que alguien se ha ido de farras anoche.

- No que va, si estoy más jodida… acabo de torcerme el pie y  para completar voy tardísimo a la oficina.

- ¿Y si vas tarde que haces espiando al vecino?

- ¡Ehmmm! Es que… ¡Mi gato! Mi gato se escapó y lo vi entrar al jardín del vecino.

- Uhmmm…. no sabía que tenías gato. De todas formas ¿Que es lo peor que pueda pasarle? Ya sabes lo que dicen por ahí… “la curiosidad mató al gato”. Vamos, si quieres te llevo a tu oficina, aún voy con tiempo.

- Claro, claro… ¡Uuuyss!

- ¿Que te pasa?

- Mi pie, creo que ha sido fuerte, me duele mucho.

- Lo mejor será que avises a tu jefe que no irás, me perece que te has roto algo, mejor te llevo al hospital y te revisamos ese pie.

Al final resultó que ni llegué a tiempo a la reunión con mi jefe, ni pude ver la cara a mi vecino, el misterioso… creo que tendré unos días muy aburridos, tal vez me compre un gato para que me acompañe hasta que me quiten este yeso.

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1.- La ventana de mi vecino

Agosto 8, 2008 · Dejar un comentario

Lo he observado durante varias noches, a eso de las 11:30pm se para frente a la ventana de su habitación – que por cierto, coincide con la ventana de mi cocina -. Antes de irme a la cama, tengo por costumbre ir por un vaso con agua y justo es en ese momento cuando miro su silueta a través del vidrio, un tanto distorsionada. Admito que soy un poco cobarde – solo un poco -,  no puedo ir a la cocina sin antes encender la luz. Mi vecino siempre está inmóvil recostado de su ventana, como si él si pudiera mirar con perfecta claridad, mientras que a mi su vidrio empañado no me deja apreciar. Cada vez que enciendo la luz y me decido a buscar mi vaso con agua, luego me acerco hasta mi ventana con tal desinhibición – pues, estoy mi casa – y sostengo la mirada sobre la silueta inerte. Él parece no sentir vergüenza alguna al quedar en evidencia y después de unos largos minutos, se retira. Él sabe que le estoy mirando.

Espero su despedida, sus buenas noches me las da con el pestañear de su lámpara al apagarla… mis buenas noches no se hacen esperar y acto seguido, me retiro a mi habitación, todas las noches… pero hoy no, hoy mis buenas noches quisieron desvelarse y atraída por el misterio que arropa a mi barrio, me quedé esperando no sé qué con los farolitos que aun no quieren ir a dormir… retrasé mis buenas noches.

Sin saber si me está mirando, porque tal vez detrás de la sombra que viste su habitación, se encuentra tras su ventana, mi vecino mirándome. Me he desvelado toda la noche, me he imaginado toda clase de historia que pueda darle vida a la silueta que todas las noches me acompaña a pocos metros de distancia.

A veces pienso que mi vecino tiene una historia que contar y mientras no la cuento, yo me la invento.

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